El blog de Ismael Sánchez, donde informarte sobre su actividad y declaraciones

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Manuel Macarro, el obrero de hierro

10 Mar, 2026 | Noticias, Reflexiones

Esto me ha costado trabajo escribirlo.

Hay personas que no pasan por la vida: la atraviesan luchando. Personas que no entienden el mundo sin compromiso, sin dignidad y sin la defensa permanente de los derechos de su clase. Manuel Macarro fue una de esas personas. Un obrero de hierro.

Manuel fue, ante todo, un hombre de clase. Un comunista de los de verdad. De los que no necesitaban discursos grandilocuentes para demostrar en qué lado estaban, porque su vida entera era la prueba. Siempre defendiendo los derechos e intereses de la clase trabajadora, siempre comprometido, siempre dispuesto a dar la cara.

Desconozco si Manuel tuvo estudios reglados. Pero sí sé que era una de las personas más cultas que he conocido. De esa cultura que no se aprende en las aulas, sino en la vida, en la lucha, en la lectura clandestina, en las asambleas interminables, en los debates y en las derrotas que también forman a un militante. Me gustaba escucharlo durante horas. Sus historias de la clandestinidad, de las reuniones a escondidas, de las asambleas obreras, de las traiciones —que también las hubo—. Las contaba una y otra vez, y yo se las pedía otra vez más. Porque cada vez había un matiz nuevo, una enseñanza, una memoria que no debía perderse.

Manuel, además, no tenía pelos en la lengua. Y eso siempre se agradece. Me hacía reír mucho cuando soltaba, sin ningún filtro, que las nuevas generaciones éramos “unos mierdas”, que antes sí se luchaba de verdad. Lo decía con esa mezcla de enfado, cariño y nostalgia que solo tienen quienes han vivido épocas duras de verdad. Lo decía con su bigote mojado de cerveza.

También sabía cómo hacerlo rabiar. Especialmente cuando hablábamos de toros. Él nunca compartió nuestras posiciones animalistas. Aquello siempre acababa en una discusión que terminaba, inevitablemente, entre risas.

Manuel era un hombre humilde. De los que no necesitaban reconocimiento, pero merecían todo. Un hombre comprometido con su clase. Tuvo cinco hijos. A uno de ellos le puso Marcos Ana, mi mejor amigo. El nombre lo tomó del poeta comunista Fernando Macarro Castillo, que utilizaba como seudónimo el nombre de su padre y de su madre y que fue el preso político que más tiempo pasó en las cárceles del franquismo.

A Manuel le gustaba poco cuando yo le recordaba que le había puesto a su hijo el nombre de un comunista… y que el muchacho había salido monárquico y de derechas. Lo hacía solo para provocarlo. Y entonces llegaba su respuesta, siempre la misma, siempre con esa sinceridad brutal que lo caracterizaba:

—El niño es un cabrón.

Y yo me moría de la risa.

Me encantaba verlo en Torreblanca, en aquella ya desaparecida sede del Partido. Aparecía y, casi como un ritual, empezaba a bronquearnos:

—El Partido está fatal, esto ya no es lo que era. ¡Echarle huevos, joe!

Aquellas broncas también eran una forma de amor militante. De exigirnos estar a la altura de quienes habían levantado el Partido en tiempos mucho más difíciles.

Me gustaba ir con él a las peñas y tascas de Cádiz, cuanto más cutre mejor está el vino, decía.

Cada año lo esperaba también en la Feria, en la PCEra, la caseta de su partido. Allí nos tomábamos un vinito y yo le daba su camiseta como si hubiera cumplido un turno de trabajo militante. Él siempre respondía lo mismo:

—Mi turno es de cliente.

Y otra vez las risas.

Te voy a extrañar mucho, obrero de hierro.

En mi memoria quedan tus acciones sindicales, tu solidaridad internacionalista, tus batallitas —que eran mucho más que batallitas—, tu trabajo en el Partido, tus críticas a los congresos y a los acuerdos que nunca se cumplían… o sí. He aprendido incluso de tus enfados.

Nos haces mucha falta. Nos hace mucha falta gente como tú.

Que la tierra te sea leve, camarada.

Honor y gloria.