El blog de Ismael Sánchez, donde informarte sobre su actividad y declaraciones

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Venezuela en la mira: la verdad frente a la agresión imperialista de Estados Unidos

11 Sep, 2025 | Noticias, Reflexiones

Desde hace décadas, América Latina ha sido un territorio codiciado por «las grandes potencias». Venezuela, con sus inmensas reservas de petróleo, gas, oro y coltán, ocupa un lugar estratégico en esa disputa. Hoy, bajo el liderazgo del presidente Nicolás Maduro, la nación bolivariana enfrenta una nueva ofensiva del gobierno de Estados Unidos, que busca desestabilizarla a través de amenazas militares, narrativas falsas y sanciones económicas. No es una situación nueva: se repite el mismo libreto imperial que ya vimos en Irak, Libia o Siria.

Como militante de la izquierda, pero también como ciudadano consciente de la importancia de la soberanía, no puedo permanecer en silencio ante esta agresión. Este texto no pretende ser un documento académico, sino una reflexión amplia, apoyada en hechos recientes y en la propia experiencia política de quienes defendemos la autodeterminación y soberanía de los pueblos.

El libreto repetido: de Irak a Venezuela

A principios de los 2000, el mundo fue testigo de cómo Estados Unidos justificó la invasión de Irak con el argumento de unas supuestas “armas de destrucción masiva”. Nunca existieron. El objetivo era claro: controlar el petróleo iraquí y redibujar el mapa geopolítico del Oriente Medio.

Hoy, Venezuela enfrenta una narrativa similar. Washington acusa al gobierno de Maduro de vínculos con el narcotráfico, cuando informes de organismos internacionales confirman que el país no figura como centro productor ni distribuidor de drogas. De hecho, la principal ruta hacia EE.UU. pasa por el Pacífico y no por el Caribe, y son otros países los que aparecen como grandes exportadores de cocaína, por ejemplo, hacia el norte y Europa. La acusación de narcotráfico no es más que una excusa, un pretexto para justificar acciones militares y encubrir el verdadero objetivo: las riquezas naturales venezolanas.

La historia contemporánea está llena de ejemplos de cómo Estados Unidos ha utilizado la mentira como herramienta política para justificar invasiones y agresiones. El caso de Irak en 2003 es quizás el más evidente: tras una intensa campaña mediática, se convenció al mundo de que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva. Esa narrativa, que luego resultó completamente falsa, abrió la puerta a una guerra devastadora que dejó decenas de miles de muertos y un país destruido. No fue un error de inteligencia, como se intentó hacer ver después: fue una operación deliberada de manipulación internacional para apropiarse de los recursos energéticos de Irak y afianzar la presencia militar de Washington en Oriente Medio.

Dos décadas después, el guion parece repetirse con Venezuela. El enemigo ahora es Nicolás Maduro y el motivo ya no son las armas químicas, sino el supuesto “narcotráfico”. La estrategia es la misma: sembrar en la opinión pública internacional la idea de que el gobierno bolivariano representa una amenaza para la región y para el mundo. Pero como ocurrió en Irak, la acusación carece de sustento. Informes internacionales confirman que Venezuela no es ni productor ni distribuidor relevante de drogas ilícitas. De hecho, está ausente de los reportes globales sobre narcotráfico desde hace  tres décadas.

irak 1Lo que subyace detrás de este discurso no es la preocupación por el crimen organizado ni por la seguridad hemisférica. Es, más bien, una construcción mediática para dar cobertura a una ofensiva política y militar que permita a Estados Unidos volver a meter la mano en un país que posee una de las mayores reservas de petróleo del planeta, además de importantes yacimientos de gas, oro y coltán. Como ayer con Irak, hoy con Venezuela: la excusa cambia, pero la lógica imperial es la misma.

Resulta especialmente preocupante que estas campañas de manipulación no se queden en el terreno retórico. En las últimas semanas hemos visto cómo se han puesto en marcha operaciones de buques estadounidenses en aguas cercanas al territorio venezolano, cazas F-35 en Puerto Rico que tardarían 25 minutos en llegar al espacio aéreo de Venezuela o cómo se difunden informaciones de inteligencia sin pruebas para sembrar alarma. Se trata de los llamados “falsos positivos”: pequeños montajes informativos que pueden convertirse en la chispa que encienda un conflicto mayor. La historia nos enseña que basta un pretexto, fabricado o exagerado, para que Washington se sienta legitimado a intervenir.

Venezuela, sin embargo, no es un actor pasivo. La experiencia de haber resistido golpes de Estado, sabotajes y bloqueos económicos le ha dado al pueblo y al gobierno bolivariano una enorme capacidad de respuesta. La denuncia internacional constante, la movilización popular y la unidad de la policía y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana son, en este contexto, los antídotos contra una agresión que, aunque parezca lejana, es real y está en preparación; una sincronizada unión político, cívico, policial, militar y popular. Al igual que ocurrió en Irak, lo que hoy está en juego no es solo el destino de un país, sino también el precedente de hasta dónde puede llegar el imperialismo para imponer su voluntad.

El falso positivo y la guerra mediática

Los últimos acontecimientos confirman cómo se articula esta ofensiva:  la construcción de “falsos positivos” para legitimar una intervención, todo responde a una estrategia planificada. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) ha alertado de manera contundente sobre estas maniobras, recordando que su papel es defender la soberanía y la integridad territorial.

La guerra no solo es militar, sino también mediática. Se bombardea a la opinión pública internacional con noticias tergiversadas que buscan mostrar a Venezuela como un “Estado fallido”. Por eso, es tan relevante que líderes como Rafael Correa, a través de RT, hayan dado voz al presidente Maduro para desmontar esas falsedades y exponer ante el mundo la verdad venezolana. Vídeo aquí.

Uno de los métodos más antiguos y eficaces del imperialismo ha sido el de construir narrativas que, sin pruebas sólidas, logran instalarse en la opinión pública como verdades indiscutibles. Lo vimos con la excusa de las “armas de destrucción masiva” en Irak, como hemos comentado anteriormente, con las supuestas violaciones masivas de derechos humanos en Libia o con las noticias manipuladas en torno al gobierno sirio, lo vemos cada día en los relatos que construyen contra Cuba o Nicaragua. Venezuela se enfrenta hoy a esa misma maquinaria, que busca preparar el terreno para legitimar cualquier acción hostil contra su soberanía. La idea del “narcoestado” o la difusión de noticias sobre movimientos militares ficticios no son más que ejemplos de una estrategia de guerra mediática perfectamente diseñada.

helicoptero 1En este contexto, los llamados “falsos positivos” cumplen un papel fundamental. Se trata de noticias fabricadas o exageradas que, repetidas por grandes medios de comunicación internacionales, terminan instalando la percepción de que existe un peligro real. Uno de los casos recientes fue la información sobre la supuesta presencia de un helicóptero estadounidense en las cercanías de una dependencia federal venezolana. El objetivo de este tipo de noticias no es informar, sino provocar: alimentar la tensión, justificar medidas extraordinarias y predisponer a la comunidad internacional a aceptar una eventual intervención.

El propio gobierno venezolano ha denunciado estos intentos de manipulación. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) ha dejado claro que no permitirá que se construya un relato artificial para debilitar la soberanía del país. Los comunicados oficiales insisten en que Venezuela se mantiene vigilante y en que está preparada para responder ante cualquier intento de agresión. Este papel de la FANB es clave, porque desmonta la imagen de un país débil o fracturado que intenta proyectar la propaganda extranjera.

La guerra mediática no solo busca condicionar a la población venezolana, sino sobre todo influir en la percepción internacional. Las grandes cadenas de noticias, controladas por intereses afines a Washington, se convierten en altavoces de estas campañas. Por eso es tan valioso que líderes como Rafael Correa, a través de medios alternativos como RT, hayan dado voz al presidente Nicolás Maduro para explicar directamente lo que ocurre en Venezuela. Contrarrestar la manipulación mediática con espacios de verdad y de debate es una de las principales trincheras de esta batalla.

Pero no se trata únicamente de noticias aisladas. Existe una estrategia sistemática para construir la idea de que Venezuela es un “Estado fallido” que necesita ser “rescatado” por la comunidad internacional. En esa lógica, el gobierno bolivariano no es un gobierno legítimo, sino un “régimen autoritario”; las dificultades económicas no son producto de las sanciones y bloqueos, sino de la “ineficiencia” del socialismo y del proceso revolucionario; la resistencia popular no es un acto de dignidad, sino “sumisión forzada”. Todo forma parte de un guion repetido, donde la desinformación se convierte en el primer paso de la intervención.

El verdadero trasfondo: petróleo, gas y oro

Lo que está en disputa no es la “democracia” ni la “libertad” del pueblo venezolano, como suele repetir la retórica estadounidense. Lo que realmente quieren es el petróleo de la Faja del Orinoco, el oro del Arco Minero, el gas del Caribe y el coltán estratégico para la industria tecnológica.

Un artículo publicado recientemente en Nueva Tribuna lo expresa con claridad: la geopolítica vuelve a colocar en el tablero a Venezuela porque Estados Unidos, tras años de decadencia interna, necesita controlar recursos externos para mantener su hegemonía global. La mentira sobre el narcotráfico es solo la careta de un proyecto de rapiña.

Detrás de cada acusación de Washington, de cada falso positivo y de cada campaña de propaganda, se esconde un objetivo que poco tiene que ver con la defensa de la democracia o los derechos humanos. El verdadero trasfondo de la agresión contra Venezuela son sus recursos naturales. Este país sudamericano posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, además de gigantescos yacimientos de gas natural, oro, coltán y otros minerales estratégicos. Para un imperio en declive que necesita sostener su hegemonía a toda costa, controlar estas riquezas no es una opción, es una obsesión.

PetroleoVzolano 1El petróleo ha sido históricamente el motor de la política exterior estadounidense. En Oriente Medio, en África y ahora en América Latina, Washington ha intervenido cada vez que un recurso energético estratégico ha escapado de su control. En el caso de Venezuela, la situación es aún más sensible, porque la Faja Petrolífera del Orinoco concentra una cantidad de crudo que puede garantizar el abastecimiento global por décadas. No es casual que cada vez que el precio del petróleo sufre alteraciones o cuando la economía norteamericana entra en crisis, se intensifiquen las presiones contra Caracas.

Pero el petróleo no es el único recurso en disputa. El Arco Minero del Orinoco guarda reservas de oro y minerales estratégicos como el coltán, fundamental para la industria tecnológica y militar. En un contexto de transición energética y de competencia global con potencias emergentes como China y Rusia, tener bajo control esos materiales se convierte en una cuestión geopolítica de primer orden. Por eso, más allá del discurso del “narcoestado” o del “autoritarismo”, la verdadera motivación de Estados Unidos es asegurarse el dominio sobre esas fuentes de riqueza.

Las sanciones económicas impuestas a Venezuela también tienen que leerse en esta clave. Al bloquear sus exportaciones y limitar sus transacciones financieras, Washington busca debilitar a la Revolución Bolivariana y forzar un cambio de gobierno que le abra las puertas al saqueo de los recursos. Sin embargo, estas medidas han tenido un efecto paradójico: lejos de rendirse, el pueblo venezolano ha encontrado en la resistencia una forma de reafirmar su soberanía, diversificando alianzas internacionales y consolidando nuevos mecanismos de cooperación con países como Rusia, China, Irán y Turquía.

No debemos perder de vista que lo que ocurre con Venezuela es parte de una lógica más amplia: la disputa global por el control de los recursos en el siglo XXI. La ofensiva contra Caracas es, al mismo tiempo, una advertencia a cualquier otro país que intente salirse del guion impuesto por Washington. Pero también es una oportunidad histórica para que los pueblos de América Latina comprendan que el verdadero peligro no está en los proyectos de emancipación, sino en el apetito insaciable de un imperio que no conoce límites.

La solidaridad internacional y la resistencia bolivariana

Venezuela no está sola. Países como Rusia, Irán, Qatar, Cuba, Nicaragua… han reafirmado su respaldo frente a las presiones de Washington. El propio presidente Lula en Brasil ha recordado la importancia de mantener a América Latina como una Zona Libre de Armas Nucleares, reforzando la idea de que el continente debe ser espacio de paz y no de guerra.

Dentro del país, tanto el gobierno como el pueblo mantienen la unidad necesaria para resistir. Líderes como Diosdado Cabello o el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, han señalado que el ejército está al servicio de la defensa de la soberanía, no de los intereses foráneos. La historia reciente demuestra que el chavismo ha resistido intentos de golpe, sanciones y bloqueos, y sigue de pie gracias a la movilización popular y al apoyo de las naciones amigas.

Uno de los elementos que explican por qué Venezuela ha resistido más de dos décadas de asedio es la solidaridad internacional que ha sabido tejer la Revolución Bolivariana. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, el proyecto bolivariano se propuso no solo transformar la realidad interna del país, sino también construir un nuevo tipo de relaciones internacionales basadas en la cooperación y el respeto a la soberanía. Este espíritu se plasmó en iniciativas como el ALBA, Petrocaribe o la CELAC, que aún hoy siguen siendo referencias de integración alternativa al hegemonismo de Washington.

banderas 1En la coyuntura actual, Venezuela no está sola. Potencias emergentes como Rusia, China e Irán han reafirmado su respaldo político, diplomático y económico frente a las presiones de Estados Unidos. Estos apoyos no se reducen a declaraciones simbólicas, sino que se traducen en acuerdos energéticos, cooperación militar defensiva y respaldo en organismos multilaterales. Del mismo modo, países como Cuba, Nicaragua o Bolivia han mantenido una postura firme en defensa del pueblo venezolano, conscientes de que lo que está en juego no es solo el destino de Caracas, sino el futuro de toda la región.

El presidente Nicolás Maduro ha insistido en que Venezuela es un país de paz, y así lo reflejan sus alianzas internacionales. La cooperación con Rusia, por ejemplo, no se plantea en clave de confrontación, sino como un mecanismo para garantizar el equilibrio global y evitar que una sola potencia decida el destino de todos. Lo mismo ocurre con el acercamiento a Irán, que ha permitido romper el bloqueo económico mediante acuerdos de intercambio de petróleo, alimentos y medicinas. Estas alianzas muestran que, incluso en condiciones adversas, es posible construir un mundo multipolar más justo.

Dentro de Venezuela, la unidad cívico-militar ha sido un factor clave para enfrentar las agresiones externas. Líderes como Diosdado Cabello y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, han reiterado que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana no se dejará utilizar como instrumento del imperialismo, sino que seguirá siendo garante de la soberanía nacional. Este compromiso de las fuerzas armadas con el pueblo marca una diferencia fundamental respecto a otras experiencias en América Latina, donde los ejércitos fueron utilizados para facilitar golpes de Estado al servicio de intereses extranjeros.

La resistencia del pueblo venezolano es, quizás, la mayor fortaleza de la Revolución Bolivariana. A pesar de las sanciones, de la inflación inducida y de las campañas de descrédito, las comunidades organizadas, los movimientos sociales y las instituciones populares siguen defendiendo con dignidad su proyecto de país. Esa resistencia, además, no es aislada: se conecta con las luchas de otros pueblos que en todo el mundo reclaman soberanía, justicia y dignidad. La solidaridad con Venezuela, por tanto, no es un acto de caridad, sino un compromiso internacionalista con el derecho de los pueblos a decidir su propio destino.

Narcotráfico: desmontando otra mentira

Uno de los ejes de la narrativa estadounidense es acusar a Venezuela de ser un “narcoestado”. Sin embargo, los datos son claros:

  • Venezuela está ausente de los informes internacionales sobre narcotráfico en los últimos 27 años.
  • La vicepresidenta Delcy Rodríguez ha recordado que el 85% de las ganancias del narcotráfico se quedan en Estados Unidos, no en América Latina.
  • El gobierno venezolano ha destruido más del 70% de la droga incautada en operaciones recientes, demostrando una política activa contra el crimen organizado.

El verdadero problema del narcotráfico está en el consumo interno en EE.UU. y en las redes financieras que lavan dinero en bancos del norte global, no en el territorio venezolano.

La excusa del “narcoestado” se trata de un argumento recurrente que Estados Unidos ha utilizado contra gobiernos que no se pliegan a sus intereses, especialmente en América Latina. Pero cuando se analizan los datos concretos, esta afirmación se derrumba por completo. En los últimos 27 años, Venezuela no aparece en los informes internacionales sobre narcotráfico como país productor, distribuidor o centro de acopio de drogas. Por el contrario, las principales rutas de la cocaína hacia Estados Unidos y Europa se encuentran en el Pacífico, pasando por otros países.

La realidad es que, lejos de ser un país de tránsito o exportación de drogas, Venezuela ha mantenido una política activa de lucha contra el narcotráfico. La propia vicepresidenta Delcy Rodríguez ha recordado que el 85% de las ganancias del narcotráfico se queda en Estados Unidos, no en América Latina. Es decir, el verdadero problema no está en los Andes ni en el Caribe, sino en el gigantesco mercado de consumo que representan las ciudades norteamericanas y en los bancos de Wall Street que lavan miles de millones de dólares procedentes de esta actividad ilícita.

Las autoridades venezolanas han demostrado con hechos su compromiso en la lucha contra este flagelo. Según cifras oficiales, se ha destruido más del 70% de la droga incautada en operaciones dentro del territorio nacional, además de desarticular laboratorios clandestinos y rutas de tránsito que intentaban utilizar el espacio aéreo venezolano. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana, junto a cuerpos de seguridad, ha asumido un papel protagonista en esta tarea, reforzando la soberanía territorial frente a un crimen que no reconoce fronteras.

espe 1Entonces, ¿por qué persiste esta acusación desde Washington? La respuesta es clara: porque el argumento del “narcoestado” ofrece un marco narrativo conveniente para justificar sanciones, bloqueos e incluso una posible intervención militar. Al etiquetar a Venezuela como una amenaza para la seguridad global, Estados Unidos pretende blindar su agresión bajo el lenguaje de la “guerra contra las drogas”. Es el mismo libreto que ya se utilizó en el Plan Colombia o en las intervenciones en Centroamérica, donde bajo la excusa del narcotráfico se militarizó la región y se aseguró el control estratégico de recursos y territorios.

En este sentido, la batalla por la verdad se convierte en un frente central de la defensa de Venezuela. Desmontar la mentira del narcotráfico no solo es una cuestión de dignidad nacional, sino también de legitimidad internacional. Dejar claro que el país no es ni productor ni exportador de drogas, que ha cumplido con sus compromisos de incautación y destrucción, y que la raíz del problema está en el consumo masivo en el norte global, significa neutralizar una de las principales armas discursivas del imperialismo. La Revolución Bolivariana ha comprendido esto y, por eso, dedica esfuerzos constantes a explicar al mundo lo que está en juego.

Una posición personal: estar del lado correcto de la historia

Quienes militamos en la izquierda debemos tener claridad: apoyar a Venezuela hoy no es solo defender a un gobierno, sino defender un principio universal: el derecho de los pueblos a su soberanía.

Estados Unidos pretende, una vez más, imponer su hegemonía mediante la mentira y la fuerza. Venezuela, con todas sus dificultades internas, sigue siendo un símbolo de resistencia. Y como internacionalistas, no podemos ser neutrales. La neutralidad en estos casos es complicidad con el agresor.

Ante este escenario de agresión permanente contra Venezuela, surge una pregunta ineludible: ¿de qué lado nos colocamos quienes creemos en la justicia social, en la soberanía de los pueblos y en un mundo más equitativo? Para mí, la respuesta es clara: no se trata de apoyar ciegamente a un gobierno, sino de defender un principio fundamental del derecho internacional y de la dignidad de los pueblos. Venezuela tiene el derecho soberano de decidir su camino político, económico y social sin que una potencia extranjera se arrogue el papel de juez y verdugo. Estar del lado de Venezuela hoy significa estar del lado correcto de la historia.

123 3Resulta doloroso ver cómo sectores de la opinión pública, incluso progresistas, caen en la trampa de la narrativa imperial y terminan repitiendo los mismos argumentos que legitiman la agresión. La campaña mediática ha sido tan intensa que ha conseguido instalar dudas y estigmas sobre la Revolución Bolivariana, ocultando deliberadamente las causas de la crisis y responsabilizando solo al gobierno de Nicolás Maduro. Frente a esta manipulación, el deber de quienes militamos en la izquierda internacionalista es contrastar, investigar y, sobre todo, no perder de vista el contexto global. Lo que ocurre en Venezuela no puede analizarse al margen de la política agresiva de Estados Unidos.

La neutralidad, en este caso, no es una opción, la equidistancia tampoco. Como bien enseñó la historia de las luchas populares en América Latina y en el mundo, la indiferencia ante la injusticia es una forma de complicidad. No se trata de aplaudir sin matices todo lo que ocurre dentro del proceso bolivariano, sino de comprender que, en el escenario actual, la contradicción principal es entre la soberanía de Venezuela y el intervencionismo de Estados Unidos. Si no somos capaces de identificar esa contradicción, terminamos debilitando al agredido y reforzando al agresor.

Además, defender a Venezuela es también defender nuestra propia soberanía. Porque si hoy se normaliza la idea de que un país puede ser bloqueado, invadido o saqueado bajo pretextos falsos, mañana lo mismo puede ocurrir en cualquier otra parte del mundo. La lógica imperial no distingue fronteras: allí donde hay recursos estratégicos o proyectos políticos alternativos, aparece la amenaza de intervención. Por eso, la resistencia venezolana es una causa que trasciende sus límites nacionales: es un ejemplo para todos los pueblos que aspiran a vivir con dignidad.

Finalmente, mi posición personal es clara y firme: frente a la mentira, la manipulación y la agresión, es necesario levantar la voz con solidaridad activa. No basta con pronunciar palabras de apoyo; es necesario difundir la verdad, denunciar la hipocresía de quienes hablan de democracia mientras promueven guerras, y fortalecer los lazos de cooperación entre los pueblos. Venezuela no está sola, y cada gesto de apoyo internacional contribuye a reforzar su resistencia. Estar con Venezuela hoy no es una consigna coyuntural: es un compromiso ético con la justicia y con la memoria de todos los que lucharon y luchan por un mundo libre del yugo imperialista.

Venezuela no se rinde

La historia juzgará a quienes promueven guerras para saquear recursos y a quienes las enfrentan con dignidad. Hoy Venezuela resiste y, en esa resistencia, está defendiendo no solo su territorio, sino también la esperanza de millones de personas en el mundo que creen en un orden internacional más justo, basado en la cooperación y no en el saqueo.

Por eso, desde este espacio quiero expresar mi solidaridad plena con el pueblo y el gobierno de Venezuela, con el presidente Nicolás Maduro y con la Revolución Bolivariana. Porque frente a la mentira, la manipulación y la agresión imperialista, la respuesta debe ser clara y firme: Venezuela no está sola y sabrá defender su verdad, su dignidad y su soberanía.

IMG 20250525 WA0086 1La historia reciente nos demuestra que cada vez que Estados Unidos ha señalado a un país como “enemigo” o “amenaza”, lo que realmente se ha puesto en marcha es una operación para despojarlo de sus recursos y someterlo a su lógica de dominación. Irak, Libia y Afganistán son ejemplos de lo que ocurre cuando se permite al imperialismo actuar impunemente. En todos esos casos, las consecuencias fueron devastadoras: destrucción de Estados, millones de víctimas, desestabilización regional y un retroceso en las condiciones de vida de sus pueblos. Venezuela está hoy en esa misma encrucijada, pero con una diferencia fundamental: ha aprendido de esas experiencias y se ha preparado para resistir.

La Revolución Bolivariana se mantiene de pie porque ha sabido combinar la resistencia interna con el apoyo internacional. La unidad cívico-militar, la movilización popular y la capacidad del gobierno de Nicolás Maduro para tejer alianzas con potencias emergentes han sido determinantes. Esta resistencia no es solo un acto defensivo: es, en sí misma, una propuesta política. Venezuela le está diciendo al mundo que es posible enfrentar al imperio, que se puede desafiar al poder mediático y militar más grande del planeta y aun así sobrevivir con dignidad.

Para quienes militamos en la izquierda, Venezuela se convierte en un símbolo y en un espejo. Un símbolo de resistencia frente al saqueo y la agresión, y un espejo en el que podemos ver reflejado nuestro propio futuro si no somos capaces de articular un movimiento internacionalista fuerte. La defensa de Venezuela no es un asunto exclusivo de los venezolanos: es una tarea de todos los que creemos en la autodeterminación de los pueblos. Porque lo que está en juego no es solo el destino de un país caribeño, sino la posibilidad de que exista un mundo multipolar donde los pueblos tengan voz propia.

AN. Venezuela 1 1Además, es importante subrayar que el imperialismo no actúa únicamente con bombas o sanciones: también lo hace con discursos, con campañas de desprestigio, con la manipulación mediática que intenta convertir a las víctimas en culpables. Por eso, nuestra tarea es doble: apoyar la resistencia material de Venezuela y, al mismo tiempo, librar la batalla cultural para desmontar las mentiras. Explicar, difundir, denunciar: esas son armas poderosas en esta lucha. El silencio, en cambio, solo beneficia a quienes pretenden allanar el camino a una intervención.

Concluiré con una certeza: Venezuela no se rinde. Y ese ejemplo debe servirnos de inspiración. Así como ayer Cuba desafió el bloqueo y mantuvo en alto la bandera de la dignidad, hoy Venezuela hace lo mismo en condiciones igualmente adversas. Nuestra responsabilidad como militantes internacionalistas es estar a la altura, acompañar esa resistencia y hacerla nuestra. Porque defender a Venezuela es defender la esperanza de que otro mundo es posible, un mundo en el que la soberanía, la justicia social y la paz prevalezcan sobre la codicia y la guerra.