Hoy no quiero escribir un artículo bonito. No quiero escribir un texto lleno de esperanza, de lazos rosas, de frases hechas ni de palabras que suenen bien. Hoy quiero escribir desde las entrañas. Desde el dolor. Desde la rabia. Desde el amor más profundo que se puede sentir por otra persona.
Hoy quiero escribir sobre Diana. Mi compañera de vida. Mi amor. Mi chica revolucionaria.
Y quiero empezar diciendo algo que llevo dentro desde hace demasiado tiempo: ni olvido, ni perdono.
No olvido lo que hemos vivido. No olvido lo que has sufrido. No olvido el miedo. No olvido la incertidumbre. No olvido las noches en las que el sueño no llegaba porque la cabeza no dejaba de imaginar lo peor. No olvido los silencios, esos silencios insoportables en los que intentas no llorar para que la persona que tienes al lado no se derrumbe (siempre pensando en los demás aunque tocara pensar en ti).
No olvido las pruebas, las esperas, los resultados, las consultas, los pasillos de hospital. No olvido cómo la vida puede cambiar en un instante, cómo todo aquello que ayer parecía importante deja de serlo cuando la palabra cáncer entra por la puerta de tu casa y se sienta, sin pedir permiso, a la mesa de tu familia.
Y no perdono. No perdono que Diana sea una de las mujeres afectadas por los fallos en los cribados de cáncer de mama de la Junta de Andalucía. No perdono que algo tan importante como la detección precoz, algo de lo que puede depender la vida de una persona, pueda convertirse en una fuente de angustia, incertidumbre y sufrimiento. No perdono la falta de respuestas, ni acepto que se pretenda pasar página mientras tantas mujeres siguen intentando recomponer las suyas.
Porque detrás de cada expediente hay una vida. Detrás de cada diagnóstico hay una mujer. Y detrás de cada mujer hay un mundo entero que tiembla.
Y nuestro mundo tembló.
Mucho.
Hay algo especialmente cruel en el cáncer: no solo enferma el cuerpo. También invade la casa, las conversaciones, los planes, las vacaciones (iremos a Las Azores, que no haya duda), los cumpleaños, la intimidad. Se instala en los pensamientos cuando conduces, cuando trabajas, cuando haces la compra, cuando escuchas una canción. Está ahí incluso cuando consigues reírte. Especialmente cuando consigues reírte, porque durante unos segundos olvidas lo que está pasando y después te sientes culpable por haberlo olvidado.
Y mientras tanto, la vida sigue. Hay que levantarse, trabajar, atender las responsabilidades, cuidar de la familia, contestar mensajes y correos, aparentar normalidad. Como si el mundo no se hubiera detenido para ti, aunque tú sepas perfectamente que algo se ha roto por dentro.
He visto a Diana atravesar momentos que jamás habría querido que viviera. La he visto enfrentarse al miedo, al dolor, a la incertidumbre. La he visto cansada, preocupada, enfadada. La he visto intentando protegernos cuando era ella quien necesitaba todos los cuidados del mundo.
Y la he visto luchar.
Pero quiero dejar algo muy claro: Diana no tenía ninguna obligación de ser fuerte.
Estoy harto de esa especie de mandato social que obliga a las personas enfermas a convertirse en heroínas.
«Tú eres muy fuerte».
«Pues yo te veo muy bien».
«No se te nota nada».
¿Perdona?
¿Que no se le nota nada? Vete a la mierda.
¿Y qué tendría que notársele? ¿El miedo? ¿Las cicatrices? ¿Las lágrimas que no has visto? ¿Las noches sin dormir? ¿El dolor que no aparece en una fotografía? ¿El esfuerzo sobrehumano que supone levantarse algunos días y fingir que todo está bien?
Le ha tocado un cáncer, no la lotería, joder.
Y no, no siempre hay que ser positivo. No siempre hay que sonreír. No siempre hay que encontrar una enseñanza maravillosa detrás del sufrimiento. A veces la vida es profundamente injusta. A veces una persona tiene derecho a estar hundida, a tener miedo, a llorar, a gritar, a estar hasta las narices de todo. (Esto lo aprendí de la psicooncóloga de AMAMA en Osuna)
Y lo que necesita no es que le digamos lo fuerte que es.
Lo que necesita es que estemos.
Que escuchemos.
Que abracemos.
Que no desaparezcamos cuando las cosas se ponen difíciles.
Que entendamos que detrás de una sonrisa puede haber una batalla que nadie conoce.
Porque hay una verdad que este tiempo me ha enseñado y que hoy quiero compartir con toda la humildad del mundo:
Lo que significa tener cáncer de mama solo lo saben de verdad las mujeres que lo padecen.
Ellas. Las que reciben el diagnóstico. Las que ponen su cuerpo. Las que soportan las pruebas, las intervenciones, los tratamientos, los efectos secundarios, las secuelas y ese miedo que, aunque las cosas vayan mejor, no siempre desaparece.
Después estamos las familias. Quienes acompañamos, quienes intentamos sostener (y a veces la cagamos), quienes sufrimos viendo sufrir y quienes daríamos cualquier cosa por poder intercambiar nuestro lugar con el suyo, pero no lo decimos porque ese comentario ayuda entre cero y nada.
Después están las compañeras y compañeros de trabajo, de estudios, las amistades cercanas, la gente del gimnasio… quienes comparten los días buenos y los malos, quienes conocen de cerca una parte de esa realidad.
Y después están todas las demás personas. Las que hoy publican un lazo rosa, escriben un mensaje o comparten una fotografía.
Y sí, también quiero darles las gracias. Porque cualquier gesto sincero de cariño tiene valor.
Pero permitidme decir algo.
El cáncer de mama no dura un día. No termina el 19 de octubre. Y el cariño tampoco debería tener fecha en el calendario.
No hacen falta tantos mensajes rosas. Aunque se agradezcan.
No hace falta tanta vanagloria, tanta publicación para ser vistos y admirados, tanta fotografía que parece hablar más de quien la publica que de las mujeres que están sufriendo.
Hace falta más humanidad.
Más acompañamiento. Más comprensión. Más investigación. Más profesionales sanitarios. Más recursos públicos. Más detección precoz. Más responsabilidad de quienes gestionan la sanidad.
Y más cariño. Pero del de verdad. Del que no necesita una cámara delante. Del que llama un martes cualquiera para preguntar cómo estás. Del que se sienta a tu lado sin mirar el reloj. Del que te acompaña a una consulta. Del que respeta tus silencios. Del que se queda cuando ya no hay aplausos, ni fotografías, ni campañas electorales.
Porque el amor, la solidaridad y el compromiso no se demuestran un día al año.
Se demuestran cuando más falta hacen.
Hoy Diana ha diseñado un cartel que me parece sencillamente extraordinario. Un cartel que resume mejor que todas mis palabras lo que tantas mujeres llevan dentro:
«Tener cáncer de mama no es nada rosa, es un marrón».
Así de claro. Así de contundente. Así de real.
Y no puedo sentirme más orgulloso de ella.
De su valentía para decir las cosas como son. De su manera de mirar al mundo. De esa rebeldía que tanto admiro. De esa capacidad suya de no resignarse, de señalar lo que está mal, de no aceptar que el sufrimiento se disfrace con palabras bonitas.
Mi chica revolucionaria.
Porque eso también es ser revolucionaria: negarse a que te impongan cómo tienes que vivir tu enfermedad, cómo tienes que sentirte, cómo tienes que contar tu historia.
Y estoy orgulloso de todas sus compañeras. De Anabel, de Amparito, de Ángela, de Isabel, de Charo, de Cristina, de María y de tantas otras mujeres de AMAMA cuyos nombres merecerían ocupar páginas enteras.
Mujeres que se ponen la camiseta rosa, la gorra rosa y el lazo rosa. Que participan, que se acompañan, que se reconocen unas en otras. Que se abrazan, como el aquel concierto de Manuel Carrasco, sabiendo exactamente lo que hay detrás de cada mirada.
Y que saben, mejor que nadie, que todo esto es un marrón.
Un marrón enorme.
Pero que, juntas, han sido capaces de construir algo hermoso en medio de tanta dureza: una red de apoyo, de complicidad, de comprensión y de afectos que no necesita explicaciones.
Porque cuando una de ellas dice «estoy cansada o me duele o no he podido dormir», las demás entienden lo que significa.
Porque cuando alguna tiene miedo, no hace falta explicarle por qué.
Porque cuando una llora, otra sabe que no tiene que pedirle que deje de hacerlo.
Y porque cuando celebran algo, por pequeño que parezca, un café, una merienda, saben perfectamente cuánto vale.
A todas ellas quiero darles las gracias. Por acompañarse. Por cuidarse. Por demostrar que la sororidad no es una palabra para escribir en una pancarta, sino algo que se practica todos los días.
También quiero recordar hoy a las mujeres que ya no están. A las que no pudieron superar la enfermedad. A las familias que hoy miran una fotografía y darían lo que fuera por volver a escuchar una voz, por compartir un café, por tener cinco minutos más. A esas familias, a esas parejas, que en el grupo de whatsapp se despidieron y agradecieron el apoyo.
Por ellas, especialmente por ellas, no podemos conformarnos con campañas bonitas.
Y quiero decir algo más.
A quienes tienen responsabilidades públicas, a quienes se llenan la boca hablando de prevención mientras las mujeres sufren las consecuencias de fallos en los programas de cribado, a quienes prefieren cuidar su imagen antes que asumir responsabilidades, les diría que tengan, al menos, la decencia de escuchar.
De escuchar de verdad.
Porque no estamos hablando de números. Estamos hablando de vidas. Y aquí, en Andalucía, no se ha escuchado.
Lazos rosas, sí, pero más sanidad pública. Menos propaganda y más investigación. Menos excusas y más responsabilidades.
Y a los hipócritas y fariseos que hoy se envuelven en mensajes de solidaridad mientras el resto del año miran hacia otro lado, les pediría que se ahorren las lecciones de sensibilidad.
Que cambien una publicación por una llamada.
Que cambien una fotografía por una visita.
Que cambien un discurso por un compromiso.
Y que, sobre todo, no utilicen el dolor ajeno para alimentar su propia vanidad.
Porque nadie debería necesitar enfermar para descubrir quién está de verdad a su lado.
Y ahora quiero volver a ti, Diana.
A ti, que eres el motivo de estas palabras.
No sé si alguna vez he sabido explicarte lo que he sentido durante todo este tiempo. Seguramente no. Hay sentimientos que se quedan atascados en la garganta porque pronunciarlos significaría reconocer que uno también tiene miedo. Mucho miedo.
A veces he intentado parecer tranquilo cuando estaba muerto de miedo.
A veces he querido encontrar las palabras adecuadas y no he sabido decir nada.
A veces te he mirado sin que te dieras cuenta y he sentido esa mezcla imposible de amor, impotencia, rabia y admiración que todavía hoy me cuesta describir.
He deseado tantas veces poder quitarte el dolor. Poder llevarme una parte de tu miedo. Poder hacer que todo esto no hubiera ocurrido.
Y no he podido.
Esa es una de las cosas más duras de amar a alguien que está sufriendo: descubrir que, por mucho que la quieras, no puedes protegerla de todo.
Pero sí puedes quedarte.
Y yo quiero quedarme.
En las buenas y en las malas. En las risas y en los días grises. En los momentos en los que tenemos fuerzas para comernos el mundo y en aquellos en los que lo único que podemos hacer es abrazarnos y esperar a que pase la noche.
Quiero seguir compartiendo contigo las pequeñas cosas que antes parecían insignificantes y que ahora sé que son lo verdaderamente importante.
Un desayuno sin prisas. Una conversación al final del día. Una escapada improvisada. Una carcajada. Una canción. Una mirada cómplice. Los planes (locuritas) que todavía nos quedan por cumplir.
Quiero seguir discutiendo contigo por tonterías, porque no somos capaces de enfadarnos (casi) nunca. Quiero seguir aprendiendo de tu forma de entender la vida. Quiero seguir admirando esa conciencia, ese carácter y esa ternura que conviven en ti.
Quiero seguir llamándote mi chica revolucionaria.
Pero, sobre todo, quiero que puedas vivir tranquila.
Sin que nadie te exija ser fuerte. Sin tener que demostrar nada. Sin sentirte obligada a dar explicaciones sobre tu cuerpo, tu teta, sobre tu ánimo o sobre tus miedos.
Quiero que tengas derecho a estar bien y también a no estarlo.
Porque te quiero cuando sonríes, pero también cuando lloras. Cuando tienes fuerzas para todo y cuando no puedes más. Cuando estás llena de energía y cuando necesitas que el mundo se detenga un rato.
No te quiero por lo fuerte que eres. Te quiero por quien eres.
Y si algo me ha enseñado este tiempo es que la vida no se mide en los grandes discursos, ni en los reconocimientos, ni en las cosas que acumulamos.
Se mide en las personas a las que amamos.
En las manos que buscamos cuando tenemos miedo.
En los abrazos que nos salvan de derrumbarnos.
En la suerte inmensa de poder decirle a alguien, una noche cualquiera, «estoy aquí».
Ojalá nunca hubiéramos tenido que aprender algunas de estas cosas de esta manera.
Ojalá nadie tuviera que hacerlo.
Hoy, 19 de octubre, no voy a celebrar la fortaleza de las mujeres como si el cáncer fuera una prueba que la vida les ha puesto para demostrar lo valientes que son.
No necesitaban esta enfermedad para demostrar absolutamente nada.
Hoy voy a reivindicar su derecho a vivir. A vivir sin miedo, a recibir una atención sanitaria digna, a tener diagnósticos a tiempo, a acceder a los mejores tratamientos, a contar con una investigación suficiente y a no sentirse abandonadas cuando más necesitan ayuda.
Voy a reivindicar también su derecho a estar enfadadas.
Porque tienen motivos.
Y voy a recordar que detrás de cada lazo rosa hay historias que no caben en una fotografía.
Historias de dolor, de amor, de pérdidas, de cicatrices, de incertidumbres y también de esperanza.
Pero esperanza de la verdadera. De la que se construye con ciencia, con recursos, con cuidados, con derechos y con personas que no sueltan la mano.
Diana, mi amor, no sé qué nos deparará la vida. Nadie lo sabe.
Pero sí sé algo.
Que te admiro profundamente. Que estoy orgulloso de ti. Que agradezco cada día poder compartir mi vida contigo. Y que, incluso en los momentos más oscuros, sigues siendo esa mujer maravillosa que me enamora, me enseña y me hace querer construir un mundo mejor.
Mi compañera. Mi refugio. Mi chica revolucionaria.
Y hoy, cuando miro el cartel que has diseñado, siento que has conseguido transformar una parte de todo este dolor en una verdad que necesita ser escuchada.
Tener cáncer de mama no es nada rosa.
Es un marrón.
Un marrón que nadie merece vivir.
Y por eso, por ti, por Anabel, Amparito, Ángela, Isabel, Charo, Cristina, María, por todas las que siguen luchando, por quienes han superado la enfermedad y por las que ya no están, hoy quiero terminar como empecé:
Ni olvido, ni perdono.
No olvido lo que hemos pasado.
No perdono el sufrimiento que pudo evitarse.
Y no pienso resignarme a que todo termine con un lazo rosa y una publicación en las redes sociales.
Porque el amor se demuestra todos los días.
Porque la sanidad pública salva vidas y hay que defenderla todos los días.
Porque ninguna mujer debería sentirse sola ante el cáncer.
Y porque, cuando acabe este 19 de octubre y se apaguen las luces de los edificios iluminados de rosa, cuando desaparezcan los mensajes y las fotografías, cuando el mundo vuelva a sus asuntos, habrá miles de mujeres que mañana tendrán una prueba, una consulta, un tratamiento, una noche de miedo o una cicatriz que aprender a mirar.
Y seguirán necesitando que estemos ahí.
Mañana. Pasado mañana. Y todos los días.
Te quiero, Diana. Mucho más de lo que estas palabras pueden contar.
Y si alguna vez el miedo vuelve a hacerse demasiado grande, quiero que sepas que no tienes que ser fuerte por los dos.
Para eso también estamos juntos.
Para sostenernos cuando alguno no puede más.
Para seguir caminando.
Para seguir viviendo.
Para seguir queriéndonos.
Siempre.


