Hay decisiones políticas que no hacen ruido al principio, que no ocupan grandes titulares durante semanas, que parecen asuntos menores de gestión. Pero, con el paso del tiempo, terminan explicando muy bien qué ciudad estamos construyendo y qué ciudad estamos dejando perder. El cierre del Pabellón de la Navegación de Sevilla es una de esas decisiones.
No hablamos de un edificio cualquiera. Hablamos de uno de los pocos pabellones originales de la Exposición Universal de 1992 que siguen abiertos al público general. Hablamos de un espacio situado en la Isla de la Cartuja, junto al Guadalquivir, que durante más de tres décadas ha mantenido viva una parte fundamental de la memoria contemporánea de Sevilla. Hablamos de un edificio singular, obra de Guillermo Vázquez Consuegra, una de las grandes referencias de la arquitectura española, concebido para contar la relación histórica de Sevilla con el río, con el mar, con la navegación atlántica y con el mundo.
Por eso comparto plenamente la preocupación expresada por la Asociación Legado Expo Sevilla. Cerrar esta exposición no es simplemente bajar una persiana. Es romper un hilo de memoria colectiva. Es aceptar que el patrimonio de la Expo del 92 puede ir desapareciendo por abandono, por falta de inversión o por pura indiferencia institucional. Es asumir, una vez más, que Sevilla puede permitirse perder espacios públicos culturales mientras se multiplican los usos privados, los negocios turísticos y las operaciones inmobiliarias.
El Pabellón de la Navegación forma parte de una historia que Sevilla nunca ha sabido cuidar del todo. La Expo del 92 transformó la ciudad, abrió infraestructuras, conectó territorios, proyectó una imagen internacional y dejó un patrimonio arquitectónico, cultural y urbano que debería haber sido gestionado con visión pública. Sin embargo, demasiadas veces ese legado ha quedado atrapado entre la nostalgia, la especulación y la falta de planificación.
La Cartuja pudo ser un gran distrito público de conocimiento, cultura, memoria, ciencia, innovación y disfrute ciudadano. En parte lo es, pero también es evidente que muchos de sus espacios han sido maltratados, infrautilizados o desconectados de la vida cotidiana de los barrios. El cierre de la exposición del Pabellón de la Navegación vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué modelo de ciudad queremos para la Cartuja? ¿Un espacio vivo, accesible y público, o un territorio cada vez más fragmentado, privatizado y ajeno a la ciudadanía?
Además, este cierre resulta especialmente incomprensible porque la exposición permanente no era un simple recurso turístico. Tenía una función educativa evidente. Durante años ha servido para que escolares y familias conocieran la historia de la navegación, el papel de Sevilla en las rutas atlánticas, la relación de la ciudad con el río y la dimensión científica, técnica, social y humana de los viajes marítimos. En una ciudad que presume constantemente de historia, cerrar un espacio que precisamente explica parte de esa historia es una contradicción difícil de justificar.
También tenía una función social. En una Sevilla cada vez más golpeada por el calor extremo, con barrios enteros que sufren la falta de sombras, de zonas verdes y de equipamientos dignos, los espacios culturales públicos climatizados cumplen también una función como refugios climáticos. No podemos hablar de adaptación al cambio climático mientras se reducen los lugares públicos donde la ciudadanía puede estar, aprender, descansar y encontrarse.
Y tenía, por supuesto, una función laboral. Detrás de cada cierre hay trabajadoras y trabajadores. Hay empleos vinculados a la atención al público, a la mediación cultural, a la gestión de visitas, a la conservación y a las actividades educativas. Cuando se clausura un espacio cultural, se pierde patrimonio, pero también se precariza o se destruye empleo.
La decisión es aún más grave si recordamos que se invirtieron miles de euros públicos en la rehabilitación del edificio y en la creación de la exposición permanente. ¿Para qué se destinan recursos públicos a recuperar un espacio si después se permite que su actividad muera por falta de mantenimiento, de impulso y de compromiso? La mala gestión del patrimonio no consiste solo en dejar caer edificios; también consiste en vaciarlos de contenido, en apagar lentamente su utilidad pública, en convertir lo que debería ser memoria viva en un decorado sin alma.
Sevilla tiene una relación demasiado peligrosa con su propio patrimonio. A veces lo explota hasta la saturación turística y otras veces lo abandona hasta hacerlo invisible. Con la Expo del 92 pasa algo parecido: se invoca cuando interesa como marca de modernidad, pero se descuida cuando exige inversión, gestión pública y mirada de futuro. No se puede reivindicar la Sevilla de los grandes acontecimientos mientras se deja morir uno de sus símbolos más reconocibles.
El Pabellón de la Navegación debería seguir abierto. Pero no solo abierto: debería estar mejor cuidado, mejor conectado con la ciudad, más integrado en la programación cultural y educativa de Sevilla, más vinculado a los centros escolares, a las universidades, a los barrios y al propio río Guadalquivir. Debería formar parte de una estrategia pública para recuperar la memoria de la Expo del 92 desde una mirada crítica, accesible y popular.
Porque la memoria no puede ser un lujo ni una postal. La memoria es una responsabilidad pública. Y la Expo del 92, con todas sus contradicciones, forma parte de la memoria reciente de Sevilla. Fue una promesa de futuro, una transformación urbana, una experiencia colectiva y también un espejo de los debates que siguen abiertos: el uso del suelo, la relación con el río, el papel de lo público, la planificación de la ciudad, la cultura como derecho y no como mercancía.
Cerrar la exposición permanente del Pabellón de la Navegación sería una derrota innecesaria. Sería una muestra más de esa Sevilla que no cuida lo que tiene, que permite que se pierdan espacios mientras luego lamenta su pérdida, que mira al patrimonio solo cuando puede rentabilizarlo de forma inmediata.
Sevilla no necesita menos memoria. Necesita más. Necesita cuidar sus espacios públicos, proteger su patrimonio contemporáneo y entender que la cultura no es un gasto prescindible, sino una herramienta para construir ciudadanía.
Por eso el Pabellón de la Navegación debe seguir abierto. Porque cerrar sus puertas es cerrar también una parte de la historia reciente de Sevilla. Y una ciudad que renuncia a su memoria es una ciudad más pobre, más frágil y más fácil de vender por partes.

